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Franz Kafka
Diarios


1910

Al tacto, el pabellón de mi oreja parecía fresco, agreste, frío y jugoso como una hoja.

Escribo esto francamente desesperado por mi cuerpo y por el porvenir que me espera con este cuerpo.

Cuando la desesperación es tan definida, tan unida a su objeto, tan concentrada en sí misma como la de un soldado que cubre la retirada, y por cubrirla se deja hacer pedazos, entonces no es la verdadera desesperación. La verdadera desesperación llega inmediatamente y en todos los casos más allá de su meta, (al trazar esta coma se hizo evidente que sólo la primera frase era cierta).

Los escritores hablan inmundicias.

Las costureras bajo la lluvia torrencial.

Noche del cometa, 17-18 de mayo. Estuve con Blei, su mujer y su hijito; de vez en cuando, desde afuera, oía dentro de mí algo parecido al gemido de un gatito, al pasar; pero es siempre lo mismo.

Cuántos días transcurridos en silencio; hoy es 28 de mayo. ¿Ni siquiera tengo la voluntad suficiente para tomar en la mano esta lapicera, este trozo de madera, todos los días? Estoy seguro de que no la tengo. Remo, monto a caballo, nado, me tiendo al sol. En consecuencia, las pantorrillas tienen buen aspecto, los muslos no están mal, el vientre es aceptable, pero el pecho es todavía muy miserable, y si mi cabeza hundida entre los hombros...

16 de diciembre. No abandonaré más este diario. Debo aferrarme a él, ya que no puedo aferrarme a otra cosa. Me gustaría explicar el sentimiento de felicidad que de vez en cuando siento en mí, como ahora. Es realmente algo efervescente, algo que me colma completamente con livianos y agradables estremecimientos, y me persuade de ciertas aptitudes, de cuya inexistencia puedo en cualquier momento, convencerme con absoluta certeza.

1911

27 de mayo. Hoy es tu cumpleaños, pero ni siquiera te envío el libro habitual, porque sólo sería una simulación; en el fondo ni siquiera estoy en situación de regalarte un libro. Sólo porque hoy me es tan necesario estar cerca de ti un momento, aunque
sólo sea a través de esta tarjeta, te escribo; y empecé con la lamentación
únicamente para que me reconozcas de inmediato.

5 de octubre. Por primera vez, después de varios días, vuelve la inquietud, mientras escribo esto. Me enfurece mi hermana que entra en el cuarto y se sienta con un libro ante la mesa. Espero la más mínima ocasión para dejar estallar ese furor. Finalmente, mi hermana toma una tarjeta de visita en la bandeja y se la pasa entre los dientes para limpiárselos. Con furor decreciente, del cual sólo me queda un acre vapor en la cabeza, y una sensación creciente de alivio y confianza, empiezo a escribir.

13 de octubre. Antiartística transición de la piel tersa de la calva de mi jefe a las delicadas arrugas de su frente. Una evidente falla de la naturaleza, muy fácil de imitar; no convendría que los billetes de banco fueran así.

21 de octubre. Un ejemplo opuesto. Cuando mi jefe trata conmigo asuntos de oficina (hoy el archivo), no puedo sostener mucho tiempo su mirada, sin que aparezca en mis ojos, absolutamente contra mi voluntad, una leve amargura que desvía su mirada o la mía. Su mirada cede más breve pero más frecuentemente al impulso de mirar hacia otra parte, ya que ignora el motivo de ese impulso, pero su mirada vuelve inmediatamente a buscar la mía, y seguramente considera todo esto como una leve fatiga visual. Yo en cambio me defiendo con más vigor, acelero por lo tanto el zigzag de mi mirada, miro preferentemente su nariz y las sombras de la mejillas, a menudo sólo mantengo la cara en su dirección gracias a los dientes y la lengua en mi boca cerrada; cuando es necesario, bajo en realidad la mirada, aunque nunca más allá de su corbata; pero recobro en cambio toda la mirada cuando él desvía la suya, y yo lo sigo de cerca y sin consideración.

1912

25 de marzo. La escoba que barre la alfombra en el cuarto contiguo susurra como la cola de un vestido que se desplazara intermitentemente.

26 de marzo. Simplemente, no sobrestimar lo que he escrito; de otro modo se me volvería inalcanzable lo que aún espero escribir.

1913

27 de octubre. Demasiado tarde. La dulzura de la melancolía y del amor. Que me sonriera cuando pasé en el bote. Eso fue lo más hermoso de todo. El deseo constante de morir, y de seguir resistiendo; sólo eso es el amor.