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      Betty, la fea

  ¿Por qué tanta gente ama esta novela?
Empecemos por agradecerle lo que no tiene: galanes que pierden la memoria, embarazos no deseados, triángulos en los que quien lleva las de perder es malvado/a, conflictos religiosos absurdos, hijos cambiados, culpas femeninas del siglo XIII y actores de cartón que recitan un guión pésimo tomando aire para acortar las frases.
En el desarrollo intrincado de una trama que abarca tantas puntas como la vida “real” (nada más verosímil que la buena ficción), y que por eso entre otros atributos no se parece a ningún otro culebrón, late la idea, esperanza, sueño prometido o pesadilla, de ser algo y todavía no saberlo. En un comienzo Armando está enamorado de Betty, pero todavía no lo sabe. Betty puede verse mejor, pero todavía... Marcela va a ser la "perdedora" pero todavía no lo... y resultó casi imposible adivinarlo.
Podemos partir también del principio básico que ha sustentado a todos los superhéroes más taquilleros; Betty es tan común como la mayoría de las mujeres (tan fea como Clark Kent) . Allí comienza nuestra identificación. Sus dolores, sus frustraciones, nos resultan conocidos.
Betty tiene la capacidad de transformarse, lo sabemos desde el primer capítulo en que la vimos tan fea. Pero ya dejémonos de procedimientos mágicos que no alimentan la fantasía alicaída de nadie: la maravilla radica en que el cambio de Betty es absolutamente posible, aunque claro, no olvidar esto: hay que tener a mano un salón de belleza que no sea tan accesible como el del barrio.
Nadie es tan feo como para no dejar de serlo, te recita al oído cada capítulo.
También, nadie es tan hermoso ni tan estúpido como para que no descender del pedestal si vale la pena. Y allí está Armando, destrozado por sus contradicciones, caballero andante moderno que sale a la calle a matarse a trompadas con la foto de su amada junto al corazón. Su furor es humano. Es el de los enamorados.
Datos maravillosos: Pastrana, (presidente de Colombia), elige el horario de Betty para televisar sus discursos, sin mencionar que apareció en la novela. Armando, en su oficina, tiene detrás una computadora conectada que nos muestra todo el tiempo sitios webs distintos perfectamente legibles, como para que los visitemos. Una pelea en un museo, como marco la muestra itinerante de Picasso. Calderón, a Armando, a propósito de su duelo por la ausencia de Betty:  “¿Esta usted, doctor Mendoza, Esperando a Godot?”.
Todo es una cuestión de actitud y sobre todo, de inteligencia. Además por supuesto de un poco de dinero y de poder. Pero también de trabajo, de devoción, de amor...